Elena corregía originales, las palabras se le presentaban de diferentes maneras:
Algunas venían para rendirse, no hacían sino dejar el papel y ya habían depuesto las armas, ya despobladas, ya frías, eran palabras nonatas, caminar entre ellas era como cruzarse en la calle con trajes vacíos sujetados por la nada, carne desaparecida más allá del cuello de una camisa, del pliegue de una falda, necesitadas de cuerpo todas ellas;
Otras llegaban con nervio, demasiado nervio, aceleradas, sobredosificadas, parecían escritas sobre el filo de una curva vectorial, anunciando la evolución de un capital de riesgo;
Las había desatinadas, erradas por los dedos que perdieron la tensión en el momento de lanzarlas, y las había también certeras, como las que vuelan sobre la cabeza trinchando manzanas, como las que se clavan sobre otras flechas.
Elena trabajaba sobre ellas, sobre todas ellas. Vivía rodeada de palabras ajenas, por eso casi no hablaba, por no sumar una voz más a aquel estruendo, así que vivía callada, cuando salía del trabajo los ojos la servían de despedida, caminaba por la calle como traje vacío, necesitada de cuerpo, de espacio propio, de identidad.
Para ella elegí la luz cautiva. Hice de cazador nocturno y llené su dormitorio de luciérnagas presas en farolillos de papel.